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| Federico García Lorca leyendo con una niña |
(…) Álvaro Cunqueiro, uno de los grandes escritores que ha dado Galicia, con esa definición maravillosa, tan útil para expresar la necesidad de la lectura: el hombre precisa en primer lugar, como quien bebe agua, beber sueños. ¡Beber sueños como quien bebe agua!
Palabras semejantes a las de Cunqueiro las encontramos también en Paul Auster, en el discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2006: Necesitamos historias casi tanto como el comer, y sea cual sea la forma en que se presenten –en la página impresa o en la pantalla de la televisión– resultaría imposible imaginar la vida sin ellas.
Y, hace solo unos meses, Juan José Millás reiteraba la misma idea en una de sus columnas para el diario EL PAÍS: Desde que el mundo es mundo, mientras unos amasan el pan que comemos por la mañana, otros urden las historias que devoramos por la noche. Estamos hechos de pan y de novelas.
Cunqueiro, Auster, Millás… Es la misma idea reiterada una y otra vez. Como comer, como beber agua, como el pan de cada día: imágenes luminosas para ilustrar la necesidad de la lectura. Porque todas las personas necesitamos historias, todas tenemos sed de palabras: como si fuera una característica inscrita en el ADN de la humanidad.
Precisamos las historias para entender el mundo y para entendernos; para vivir otras vidas, para maravillarnos de todo lo que la existencia nos da. Y el soporte privilegiado para llegar a ellas está en los libros, que contienen los sueños, las ideas, la imaginación, los sentimientos y experiencias de las personas, de las que viven ahora en cualquier lugar del mundo y de las que desaparecieron hace muchos años.
Me encanta que me cuenten historias. Formo parte de una generación que, como ahora los dinosaurios, será pronto una especie extinguida: la generación de las personas que vivimos la infancia sin la presencia de la televisión y crecimos con las narraciones orales que se contaban alrededor de la cocina de hierro, en el tiempo de invierno, o al aire libre, bajo las estrellas, en las noches de verano.
Los años de la niñez tienen una relevancia especial, y no lo digo porque la mayoría de mis libros se encuadre en lo que llamamos literatura infantil. Rilke escribió que la patria de una persona es la infancia, y Pessoa afirmaba que la patria de un escritor era su lengua. En mi caso, lengua e infancia me llevan a mis años en Vilalba, cuando asistí a la creación del mundo y fui descubriendo los nombres de las cosas, en ese proceso maravilloso que se repite durante los primeros años de vida de cualquier persona y que tan bien expresó García Márquez en las líneas iniciales de Cien años de soledad.
Las historias eran un componente esencial de aquel tiempo. Estaban en las palabras de los narradores orales, y en los escasos libros, y en las historietas, y en los seriales de la radio, y en el cine, en las películas inolvidables que tanto nos fascinaban. Eran años amargos, la posguerra española no fue nada fácil, pero aquellos mundos creados con palabras e imágenes nos ayudaban a vivir y expandían el territorio sin límites de la imaginación.
El placer de leer lo descubrí en mi casa, de la mano de mi padre. En las pocas horas libres que le dejaba el trabajo, nos transmitió a mis hermanos y a mí el deseo de leer. Ese primer estadio, el del entusiasmo ante lo que lees, semejante al que tan bien describe Michael Ende en La historia interminable, me lo contagió mi padre. Porque la lectura es un placer que se contagia, y quizá solo pueden transmitirlo quienes antes hayan experimentado en su carne ese mismo placer.
Si tuviera que definirme en pocas palabras, diría que soy un lector que un día decidió pasar al otro lado del espejo y contar sus propias historias.
(…) Como Jostein Gaarder, también yo digo que estoy empeñado en una batalla explícita por la dignificación de la literatura infantil y juvenil.
(…) La lectura no solo nos ayuda a crecer como personas, sino que también es imprescindible para construir una sociedad mejor, más justa, con ciudadanos críticos y responsables. Aunque en muchas ocasiones escuchamos análisis sombríos, yo prefiero fijarme en los muchos síntomas que invitan a la esperanza. La infancia y la juventud nunca tanto leyeron como hoy.
Pero la lectura es un placer que exige tiempo y constancia. Por eso su promoción tiene que formar parte de las prioridades estratégicas de cualquier sociedad democrática. Es importante que las administraciones apoyen de una manera decidida leyes y medidas que favorezcan la biodiversidad cultural, tanto a través del libro de papel como a través de la Red. Por eso es urgente y necesaria esta revolución silenciosa en la que tantas personas andamos embarcadas. La revolución de la lectura, imprescindible para conseguir una sociedad más democrática, más justa, más feliz. (…)
La literatura tiene una dimensión muy profunda, pues es capaz de llegar a la esencia que nos caracteriza como seres humanos. La complejidad de las personas, la hondura de la vida, las grandes preguntas de la humanidad, los sentimientos y las emociones… Todo eso está en los libros, que tienen la capacidad de cambiarnos la vida y de mejorar la sociedad. Lo enunció de manera inolvidable Gianni Rodari, en su Gramática de la fantasía: La creatividad y la fantasía sirven a las personas precisamente porque en apariencia no sirven para nada. Pero sirven a la persona completa. Si una sociedad basada en el mito de la productividad solo tiene necesidad de hombres mutilados –fieles ejecutores, diligentes reproductores, dóciles instrumentos sin voluntad– quiere decir que está mal hecha y que es necesario cambiarla. Para cambiarla hacen falta hombres y mujeres creativos, que sepan utilizar la imaginación.
Desarrollemos la creatividad de todos, para transformar el mundo.
Fragmentos del
Discurso pronunciado por
Agustín Fernández Paz
o día 29 de noviembre de 2011 En Guadalajara (México)
con motivo de la entrega del Premio Iberoamericano SM
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